Acaba de publicarse que la SGAE cobrará a las hermandades un 7% del presupuesto de las bandas a partir de la Semana Santa de 2027. Que el director en Andalucía asegura en el programa Evocación, que la tarifa ya está aprobada y que tendrá que abonarla la entidad que contrate a las formaciones musicales, ya sea para salidas procesionales o conciertos. Lo cierto es que, a partir de aquí, o el sistema de Estado pone tempranos filtros legislativos a la panacea de la SGAE o la propia cultura musical se terminará marchando poco menos que a la mierda.
Hay una frase que dice que la avaricia rompe el saco y la SGAE no puede ser el caldo de cultivo para suministrarse de los acertijos que no debe hacerlo nunca, "organizaciones sin ánimo de lucro que te contratan", las Hermandades y Cofradías no son empresas, por mucho que algunas en Sevilla lo pareciesen, la realidad del contexto regional y nacional es bien distinto además de la realidad jurídica de estas formaciones.
Está bien que la SGAE (Sociedad General de Autores y Editores) sea una entidad privada "sin ánimo de lucro" en España dedicada a la defensa y la gestión colectiva de los derechos de propiedad intelectual de más de 120.000 socios, entre los que se encuentran autores, compositores, editores musicales, dramaturgos y guionistas. Que garantice la protección de los creadores, la función de intermediario, el reparto de ingresos y el control de licencias. Pero ¿sin ánimo de lucro?. De verdad alguien pretende hacer creer a la sociedad que cruzada esta línea roja con Hermandades y Cofradías, la SGAE siga siendo ¿sin ánimo de lucro?.
Entonces ¿qué estamos creando?, ¿la nueva pirámide del "sin ánimo de lucro"?
Valga la coña para todos: ¿Tu que prefieres?, ¿una pizza o una tortilla de patatas? sin ánimo de lucro.
1. Un afán recaudatorio desmedido y burocrático que asfixia la cultura popular
Pretender aplicar un canon del 7% sobre el coste de las formaciones musicales demuestra una desconexión total con la realidad social, económica y cultural de las hermandades. Las cofradías no son empresas multinacionales con ánimo de lucro ni promotoras de grandes conciertos comerciales; son asociaciones sin ánimo de lucro, muchas de ellas de marcado carácter benéfico y vecinal, que malabarean cada euro a través de cuotas de hermanos, donativos y rifas para poder salir a la calle. Meter la zarpa recaudatoria de la SGAE en este ecosistema es un acto de voracidad fiscal y cultural imperdonable.
2. El galimatías absurdo de los repertorios procesionales
La medida plantea un problema operativo demencial: ¿cómo se va a auditar qué marcha se toca en cada calle? ¿Habrá "espías" de la SGAE con libreta y cronómetro detrás de cada paso apuntando si se interpreta Amarguras, Madre Hiniesta o una composición anónima o libre de derechos?
Además, choca directamente con una casuística muy habitual en la Semana Santa: muchos compositores ceden los derechos de sus marchas directamente a las propias hermandades o a las bandas. Pretender cobrar un porcentaje genérico (el 7%) sobre el global del contrato musical ignora por completo la complejidad del repertorio cofrade, donde conviven obras clásicas de autores fallecidos hace siglos con marchas actuales cuyos derechos pertenecen a la propia corporación o han sido cedidos altruistamente. Es una chapuza jurídica y organizativa.
3. El agravio comparativo con otras manifestaciones culturales y festivas
Resulta llamativo (por no decir escandaloso) el celo con el que la SGAE irrumpe en el mundo cofrade mientras otras expresiones de la cultura popular, fiestas patronales, verbenas de barrio o eventos subvencionados de índole municipal pasan a menudo por filtros mucho más laxos o pagan cánones infinitamente más difusos. Ir a por la Semana Santa de Sevilla —y por extensión a la andaluza— es ir a buscar un foco mediático y cautivo donde saben que hay dinero en movimiento, ignorando que ese dinero va destinado al ornato, la caridad y el patrimonio, no al bolsillo de ningún accionista.
4. El peligro de asfixiar a las bandas de música
Las bandas son las grandes perjudicadas invisibles en este conflicto. Muchas formaciones musicales ya sobreviven en condiciones económicas precarias, costeándose uniformes, instrumentos y locales de ensayo con lo justo. Si las hermandades ven incrementados sus costes obligatorios en un 7% por culpa de este canon, la reacción lógica en cadena será recortar los presupuestos destinados a la contratación de las bandas. Es decir, la supuesta medida ideada para "proteger los derechos de los autores" puede terminar estrangulando económicamente a los propios músicos e intérpretes, que verán peligrar sus contratos o sus cachés. ¿De qué sirve que los derechos de autor estén muy protegidos si las bandas que los ejecutan quiebran o malviven?.
5. Esperpéntico fondo de la medida: El "impuesto al fervor" y la burocratización del arte sacro
La voracidad recaudatoria disfrazada de "justicia poética": Se nos intenta vender esto como un triunfo para los compositores de música procesional (muchos de ellos olvidados o maltratados históricamente), pero huele a kilómetros a un afán puramente recaudatorio de la SGAE. Tasar un 7% ciego sobre el presupuesto total de la banda es una chapuza intelectual. ¿Qué pasa con las marchas clásicas cuyos autores llevan muertos más de 80 años y cuyos derechos ya son de dominio público? ¿Se va a hacer un desglose milimétrico calle por calle de lo que toca cada banda, o la SGAE va a aplicar un tarifazo generalizado por la patilla?
Ahogamiento económico a las hermandades: Las cofradías no son empresas con ánimo de lucro ni multinacionales del entretenimiento; son asociaciones religiosas y benéficas que malviven con las cuotas de sus hermanos, donativos y la venta de lotería para cuadrar presupuestos imposibles. Meterles la mano en el bolsillo con un recargo del 7% en los contratos musicales (que ya de por sí suponen una partida altísima) es asfixiarlas económicamente. Al final, esto se traducirá en menos contratos, recortes en las formaciones musicales o subidas de cuotas a los hermanos.
El sinsentido logístico: Pretender aplicar una trazabilidad económica a un evento efímero, en la calle, sujeto a cambios de itinerario, carreritas, retrasos y improvisaciones musicales, roza el delirio burocrático. ¿Habrá "inspectores de la SGAE" con libreta y bolígrafo debajo de los pasos apuntando si suenan Amarguras o una marcha genérica de catálogo? Es inviable y kafkiano.
En conclusión:
Que después de estos cinco puntos que os he redactado, máxime cuando uno se dedica al ámbito informativo de la geopolítica y la geoestrategia, esta noticia viene a aterrizar y a coincidir en el tiempo de la peor España posible. En la España de la escasez, en la España donde vamos a ver refinerías cerradas durante varios meses, con problemas de efecto dominó en todos los ámbitos económicos por colapsos logísticos, de transporte, de alimentos en los supermercados y por supuesto, colapso de precios y del mercado inmobiliario. En la España al borde de pasar "hambre", la gente de la cultura y los cofrades, no tienen otra mejor noticia que recibir, que la de pagar impuestos también a través de nuestras donaciones voluntarias que ya de por sí, mantienen en alza muchos puestos de trabajo gracias a la Semana Santa y que a su vez, paga y sostiene vivas en su justa medida a la cantidad de colectivos musicales que se encuentran en pie.
No había un momento mejor, para plantear tan horrorosa gilipollez contra todo y contra todos, sin ningún tipo de ética donde encajarla.
Pues muy bien, ya están tardando las Hermandades y Cofradías de diversas Diócesis en crear una Plataforma de Defensa Jurídica, para llevar este caso a la Audiencia Nacional o si fuere oportuno, al Tribunal Superior de Justicia. Porque esto que acaba de aceptar la SGAE, es sólo el principio de su fin, por reventar el sentido fundamental que a día de hoy le da espacio y lugar en el orden jurídico de los artistas y compositores, autores.
Nada más que añadir, Señorías.
Marcos Ramírez Ligero.

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