miércoles, 22 de julio de 2026

Rumbo a la República Constitucional con mucho corazón.

Mis seguidores y yo, hemos compartido muchos años de advertencias en las redes sociales, anticipando paso a paso la deriva actual, hoy dejan de ser avisos (que por mucho aviso que fuere determinados políticos a sabiendas del mensaje, no iban a cambiar su rumbo particular), hoy ya se puede decir, es una cruda realidad. El formato trampa del R78 ha sido la constante invitación a corromperse porque nunca hubo una constitución de la separación de los poderes, unos más, otros menos, han visto como han podido ejercitar su voluntad política o cómo una vez ya en ejercicio, han cambiado su forma de voluntad y proceder. 


Afortunadamente en España, la inmensa mayoría de políticos no son malos, hay muchísimos más buenos que malos, pese a ser participes o practicantes bajo la tutela de unas siglas (el poder piramidal de la partidocracia), algo que erróneamente han sentido como una religión. 

En cambio, hoy ya hay que pasar al desengaño. La corrupción sistémica (que no funcional porque el ADN está en el formato) y que durante tanto tiempo denunciamos en estos espacios digitales, ha comenzado a salir a la luz pública de forma innegable, carcomiendo los cimientos del propio sistema y arrastrándonos hacia una crisis institucional inevitable que terminará por consumir este régimen agotado. Ante el colapso inminente de las viejas estructuras, no queda más alternativa que trazar una ruta clara y firme hacia el verdadero futuro de la nación.

Una Nación sumisa bajo el mayor riesgo posible por contradictorio que parezca, su mayor problema:  El modelo de Estado.

La caída de este modelo político no debe tomarnos por sorpresa ni sumirnos en el caos, sino encontrarnos preparados para la reconstrucción y aquí es donde necesitamos conciencia y mucho cariño, empezando por la propia infantería política que no merecen en absoluto el arrastre sistémico de sus superiores. Lo que hoy presenciamos es la confirmación de que las advertencias son certeras y que tras muchos años de investigación, aquí no había nada que inventarse: el sistema no sufría fallos temporales, sino una enfermedad degenerativa estructural desde lo más profundo de su existencia. La descomposición del régimen actual demuestra que las reformas superficiales y los pactos entre despachos ya no son útiles; el desgaste es total y la paciencia de la sociedad civil se va agotar porque lo que viene es un tsunami y no viene del mar sino del levantamiento de las cloacas a la superficie, con no pocos servicios de inteligencia trabajando en ello para demostrar y desmontar lo que nunca tuvo buen pilar.
Por ello, el colapso del presente régimen debe ser el motor que impulse una refundación histórica mediante la instauración de una República Constitucional. Este nuevo modelo representa la antítesis de la corrupción que hoy nos asfixia, basándose en la separación radical y efectiva de los poderes del Estado. En una República Constitucional, la justicia ha de ser independiente y no en una juegología de funcionamiento mercantil desde el empoderamiento ejecutivo de una oligarquía de los partidos, el legislativo representa al ciudadano y tampoco ha de vivir bajo leyes trampas fabricadas bajo el mismo paraguas del ejecutivo ya que es el propio poder el ejecutivo el que debe someterse estrictamente al control de la ley, impidiendo de raíz el abuso de poder y la impunidad que el empoderamiento partidista viene demostrando toda la vida desde 1978.  Gestionar una vida verdaderamente constitucional no necesita partidos, ni ideologías, ni ninguna otra fábrica de doctrinas para generar problemas y falsas soluciones como si esto fuere un bucle interminable.  En el orden, cabe la verdadera libertad, empezando por la propia libertad política de los propios políticos, que han de venir realmente de la soberanía y no del partido equis. Querer representar no puede ni debe depender de ningún otro contrapunto. Debemos trabajar como país por la Libre representación.
El camino que se abre ante nosotros exige transformar la indignación de tantos años de denuncia en una fuerza constructiva y organizada. Dejar atrás este régimen consumido no es un salto al vacío, sino la conquista legítima de la libertad civil y la soberanía ciudadana. Con la legitimidad de haber anticipado la tormenta (la cual sólo está empezando a dar ruido), debemos asumirnos ahora la responsabilidad de construir el refugio y el nuevo hogar de la nación: una república constitucional libre, limpia y regida por una verdadera Constitución con un correspondiente proceso de libertad constituyente. 
Un proceso que debe estar ya anhelado por todas las medianas y bajas estructuras de componentes (hombre y mujeres) de todos los partidos porque es hacia el único camino donde España como país e integridad territorial, se puede salvar.
La historia de las naciones es el relato de su constante evolución hacia la libertad, pero ojo, aún cuando unidos celebramos la victoria del segundo mundial de nuestra selección española de fútbol, debemos darnos cuenta, que un pueblo ha de conquistar heráldicas, no cambiar su bandera y que en la actualidad como nación, sólo nos queda el nombre.  Hemos sido engañados y saqueados, de lo autóctono apenas queda nada "nacionalmente",  el poder externo, el proceso fáctico del actual régimen nos ha quitado pertenencias de nuestra labor, sudor e incluso correspondencia territorial y lo más grave: Vivienda. 
Cuando las estructuras políticas tradicionales se desgastan y el abismo entre la ciudadanía y sus representantes se vuelve insostenible, surge la necesidad imperiosa de una transformación profunda. Esto no es un llamado a la reforma superficial de las leyes existentes, sino un giro decisivo en el rumbo de nuestra historia: la marcha firme hacia la instauración de susodicha República Constitucional.
Establecer una República Constitucional no significa simplemente cambiar la jefatura del Estado o sustituir un gobierno por otro. Implica una refundación nacional basada en el control absoluto del poder público por parte de los ciudadanos. En una verdadera República Constitucional, la ley no es el capricho del gobernante de turno, sino el escudo que protege los derechos fundamentales de cada individuo frente a cualquier intento de tiranía o abuso colectivista y que la razón electoral elija de verdad, porque hoy en España no hay elecciones por mucho que nos lo repitan, existen opciones, y votar en unas optativas sostenidas bajo el falso instrumento de la izquierda y la derecha, no es votar en democracia, es asistir a un juego donde la dictadura sigue entre colores y disfraces.
El camino hacia este horizonte exige madurez civil y un compromiso inquebrantable con la verdad política. Implica superar los sectarismos ideológicos que lamentablemente es lo que más preocupa ahora y que dividen artificialmente a la sociedad cuando la necesidad real consiste en unirse bajo un propósito superior: la conquista de la libertad colectiva. Para que la Constitución sea verdaderamente el alma de la nación, debe ser el resultado de un proceso democrático genuino, donde el pueblo sea el único y verdadero soberano, dictando las reglas del juego a las que el poder debe someterse sin excepciones y cuyo modelo electoral vaya directamente al representante (la persona) no al partido, sistema uninominal y si procede a doble vuelta.
Emprender el rumbo a la República Constitucional es romper con las cadenas de la partidocracia imperativa y el clientelismo que asfixian el futuro de las próximas generaciones. Es un proceso de regeneración moral e institucional que devuelve la dignidad a la política y la soberanía al ciudadano. Con la mirada puesta en un porvenir de justicia, equidad ante la ley y prosperidad, avanzamos con determinación hacia ese nuevo amanecer republicano, convencidos de que la libertad no se mendiga, sino que se institucionaliza mediante una constitución fuerte, justa y eterna.
Quedan por delante unos meses y unos años de absoluta crispación y tensión, llegan demostrativas judiciales muy fuertes de esa otra realidad política que es real, lamentable y que no veíamos.  Pero entre tanto, hay que fomentar el sosiego y el amor soberano, debemos amarnos nosotros mismos como país, como nación, un pueblo unido dispuesto a transformar por el cauce del beneficio común, el de todos, hacia un nuevo orden.

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